La pregunta ya no surge solamente desde un sector político opositor, ni desde una asamblea ambiental, ni desde algunos vecinos acostumbrados a defender históricamente la costa rosarina. La pregunta empieza a instalarse en capas cada vez más amplias de la sociedad: ¿por qué la Municipalidad de Rosario avanza tan rápido con el Parque Acuático mientras crece el rechazo social al proyecto?
Porque si algo quedó claro en las últimas semanas es que la discusión ya excedió el simple “me gusta” o “no me gusta” sobre una obra pública. Lo que hoy está en debate es otra cosa: el modelo de ciudad, las prioridades urbanas y la manera en que se toman las decisiones sobre espacios que son patrimonio colectivo.
El intendente Pablo Javkin y el gobernador Maximiliano Pullaro decidieron impulsar una intervención millonaria de 9 millones de dólares sobre la Costa Norte. La obra contempla una remodelación integral de La Florida y Rambla Catalunya, incluyendo un parque acuático financiado con fondos provinciales. El problema es que, mientras el proyecto avanza administrativamente a velocidad récord, también crece una resistencia transversal que reúne voces muy distintas entre sí.
Ahí aparece un dato político imposible de ignorar: las críticas ya no provienen únicamente de sectores ideológicamente enfrentados al oficialismo.
El concejal libertario Juan Pedro Aleart fue uno de los dirigentes más duros al cuestionar el proyecto impulsado por el municipio y financiado por la Provincia. “En La Florida, Javkin y Pullaro quieren hacer un parque acuático de 12.600 millones de pesos, 9 millones de dólares de nuestros impuestos. Mientras tanto, Rosario sigue con calles rotas, veredas rotas y barrios abandonados”, sostuvo.
Aleart planteó además que el monto previsto para la obra podría destinarse a resolver problemas estructurales de distintos sectores de la ciudad. Según afirmó, con esos fondos podrían repavimentarse completos barrios como 7 de Septiembre y Olímpico, alcanzando más de 70 cuadras.
Pero el edil no centró sus cuestionamientos únicamente en lo económico. También apuntó contra el concepto urbanístico del proyecto y contra la decisión política de avanzar pese al creciente rechazo vecinal. “Lo peor es que quieren imponer una obra que le da la espalda a la cultura, a la identidad y a la esencia de este sector de la ciudad. Rosario necesita prioridades”, expresó.
Sus declaraciones volvieron a instalar una discusión que empieza a crecer en distintos sectores de Rosario: si el problema es solamente el parque acuático en sí o, más profundamente, la sensación de que la gestión municipal decidió avanzar sin construir consensos previos sobre el futuro de la costa.
Pero quizá el dato más significativo haya llegado desde adentro del propio universo político que históricamente pensó la recuperación de la costa rosarina.
El diputado socialista Joaquín Blanco no rechazó de plano la transformación de La Florida, pero sí expuso una diferencia metodológica profunda. Y ahí aparece el corazón del problema. Blanco no habló de frenar obras; habló de escuchar. De convocar especialistas. De abrir el debate. De evitar que las decisiones urbanísticas se reduzcan a una presentación renderizada para redes sociales.
Su planteo golpea porque Rosario construyó históricamente su identidad costera a partir de consensos amplios. La recuperación del río no nació de una decisión unilateral ni de un anuncio espectacular. Fue un proceso político, urbanístico y cultural sostenido durante décadas, atravesado por discusiones, acuerdos y planificación estratégica.
Por eso la pregunta incomoda: si la ciudad logró recuperar la costa escuchando, ¿por qué ahora se decide avanzar sin hacerlo?
La arquitecta Virginia Bianchi fue todavía más allá. Su mirada no apunta solamente al parque acuático como obra física, sino a la lógica conceptual que parece sostenerlo. ¿Por qué construir un parque acuático frente al río Paraná? ¿Por qué cercar y materializar un espacio que hoy funciona precisamente por su apertura, su espontaneidad y su uso libre?
Su reflexión interpela algo más profundo: el miedo contemporáneo al vacío urbano. La idea de que todo espacio debe estar intervenido, explotado, tematizado o convertido en infraestructura permanente. Como si un paisaje abierto, con árboles, arena, kayakistas, reposeras y encuentros espontáneos no tuviera valor suficiente por sí mismo.
Y allí aparece una contradicción difícil de explicar. Mientras muchas ciudades del mundo avanzan en políticas de regeneración ambiental y renaturalización de sus costas, Rosario parece discutir cómo llenar de cemento uno de los pocos sectores donde todavía existe una relación relativamente libre entre la ciudad y el río.
La defensa oficial insiste en que el proyecto permitirá recuperar playa pública, mejorar el drenaje hidráulico y ordenar sectores degradados. Y probablemente parte de eso sea cierto. La demolición de estructuras abandonadas como Mordisco o Paradiso puede incluso resultar razonable para muchos rosarinos que recuerdan concesiones privadas que durante años taparon la vista al Paraná y limitaron el acceso a la costa.
Pero justamente ahí nace otra pregunta incómoda: si la recuperación de playa pública genera consenso, ¿por qué insistir con el componente más resistido del proyecto?
Porque el rechazo no parece concentrarse sobre las mejoras hidráulicas, ni sobre la necesidad de ordenar la costa, ni siquiera sobre la inversión pública en el sector norte. La resistencia aparece específicamente sobre la idea del parque acuático como símbolo de una intervención que muchos perciben ajena a la identidad natural y cultural del lugar.
Y mientras ese debate sigue abierto, el municipio decidió avanzar igual.
A menos de 24 horas de realizada la licitación comenzaron demoliciones, movimientos preliminares y cerramientos perimetrales. La imagen transmitió un mensaje político muy claro: la decisión ya está tomada.
Tal vez por eso la reacción ciudadana empezó a ganar otro volumen. El acampe ciudadano “La FestiRambla” realizados este fin de semana no fueron simplemente una protesta ambiental clásica. Fueron también una demostración afectiva de pertenencia. Familias, artistas, músicos, feriantes y vecinos ocuparon simbólicamente la Rambla Catalunya para recordar algo elemental: que la costa no es únicamente un espacio urbanístico; es parte de la memoria emocional de Rosario.
Cuando una política pública empieza a encontrar resistencia simultánea en vecinos, urbanistas, ambientalistas, opositores libertarios y hasta dirigentes socialistas, quizá el problema ya no sea solamente el proyecto.
Quizá el problema sea no escuchar.
Porque gobernar no consiste únicamente en ejecutar obras. También implica interpretar sensibilidades colectivas, registrar señales sociales y entender cuándo una decisión necesita más diálogo antes que más velocidad.
Y Rosario, históricamente, siempre discutió su relación con el río como una construcción colectiva.
La pregunta entonces sigue flotando sobre la costa norte, entre los cercos recién colocados y las carpas de quienes acampan frente al Paraná:
¿Por qué Javkin no escucha?

