pixel
Ciudad

El tránsito de Rosario no se ordena con videítos de Instagram

El tránsito de Rosario no se ordena con videítos de Instagram

La Municipalidad difundió una campaña audiovisual con consejos para mejorar el ingreso y egreso escolar. Las recomendaciones pueden ser correctas, pero la iniciativa expone un problema mayor: frente a una ciudad con circulación cada vez más desordenada, la respuesta oficial vuelve a quedar reducida a comunicación, cuando lo que hace falta es gestión, control, infraestructura y planificación vial sostenida.

Consejos correctos, respuesta insuficiente

La Municipalidad de Rosario presentó una campaña audiovisual destinada a promover “buenas prácticas” durante el ingreso y egreso de las escuelas. La iniciativa, impulsada por la Secretaría de Control y Convivencia en el marco del mes de la Seguridad Vial, propone recomendaciones simples: evitar la doble fila, estacionar en cuadras cercanas, no detenerse a conversar frente al colegio, tener la mochila preparada y reducir el tiempo de permanencia del vehículo en la puerta.

En principio, nada de eso está mal. Evitar la doble fila es necesario. Ordenar los entornos escolares también. Promover conductas responsables debería ser parte de cualquier política vial seria. El problema no está en los consejos, sino en la dimensión de la respuesta frente a una ciudad que arrastra dificultades mucho más profundas para ordenar su circulación cotidiana.

Rosario no tiene apenas un problema de mochilas mal ubicadas, saludos largos o padres distraídos. Tiene un problema de tránsito, de control, de infraestructura vial y de planificación urbana. Y frente a ese escenario, presentar como acción destacada una serie de videos para Instagram suena, cuanto menos, pobre.

El caos que no aparece en pantalla

Las piezas audiovisuales difundidas por el municipio son prolijas, didácticas y simples. Una muestra a una conductora que conversa con un chico dentro del auto para anticipar saludos y recordatorios antes de llegar a la escuela. Otra compara una situación “preparada” con otra “no preparada”, bajo la idea de tener la mochila lista para descender más rápido.

Pero lo más revelador no es lo que muestran, sino lo que dejan afuera. No aparece una esquina saturada, no se observa una fila real de autos, no se ve un operativo municipal ordenando el tránsito, no hay inspectores interviniendo en un conflicto concreto, no se exhiben cruces críticos ni medidas de reorganización del espacio público. Tampoco aparece el ruido de la ciudad real: los bocinazos, las maniobras apuradas, los autos detenidos donde no corresponde y la tensión diaria que se vive en tantos horarios escolares.

Lo que se muestra es una escena controlada, casi doméstica, donde el problema parece reducirse a una conducta individual. Si el chico baja rápido, si la mochila está a mano, si el saludo se hizo dos cuadras antes, entonces la circulación mejora. Ese razonamiento puede servir como recomendación puntual, pero no alcanza como política pública.

La conducta individual no reemplaza al Estado

La doble fila frente a las escuelas está mal. Es peligrosa, genera embotellamientos y expone a chicos y chicas a situaciones evitables. Pero esa práctica no existe únicamente porque los adultos desconozcan lo que deben hacer. También existe porque muchas zonas escolares no tienen espacios adecuados de ascenso y descenso, porque los horarios concentran una enorme presión vehicular, porque el control suele ser intermitente y porque la ciudad arrastra problemas de circulación que exceden largamente la puerta de cada colegio.

Por eso la campaña incomoda. No porque pida algo incorrecto, sino porque parece convertir un problema estructural en una suma de hábitos familiares. La responsabilidad individual existe y debe exigirse, pero la responsabilidad pública también existe, y es mayor. El municipio no está sólo para decirles a los vecinos cómo comportarse; está para crear las condiciones que permitan una convivencia urbana más segura y ordenada.

La educación vial sirve cuando acompaña una política de fondo. Cuando intenta reemplazarla, se transforma en una coartada comunicacional.

Control urbano

Una ciudad que necesita decisiones

El tránsito de Rosario no es una molestia menor. Es una expresión cotidiana del funcionamiento de la ciudad. Se ve en los cruces congestionados, en los autos detenidos en lugares indebidos, en motos que avanzan entre carriles, en colectivos que pierden regularidad, en peatones que cruzan como pueden y en escuelas que, dos veces por día, se convierten en pequeños puntos de colapso.

Esa realidad requiere mucho más que un reel prolijo. Requiere revisar cruces conflictivos, mejorar la semaforización donde sea necesario, ordenar los entornos escolares, definir zonas seguras de ascenso y descenso, sostener controles en horarios clave y asumir que la movilidad urbana es una parte central de la calidad de vida.

Porque cada embotellamiento innecesario, cada esquina peligrosa y cada operativo ausente tienen consecuencias concretas. Afectan el tiempo, la seguridad, la convivencia y la manera en que los rosarinos habitan su propia ciudad.

Rosario merece más que tutoriales

Una campaña de “buenas prácticas” puede ser aceptable como complemento. Puede circular en las escuelas, ayudar a instalar hábitos y recordar conductas básicas. Pero resulta pobre si se la presenta como respuesta frente a un problema que requiere decisiones mucho más profundas.

Rosario no necesita únicamente que le expliquen cómo preparar una mochila o cuándo despedirse de un hijo. Necesita que el Estado municipal actúe sobre los problemas reales que hacen que cada ingreso escolar, cada cruce céntrico y cada hora pico se conviertan en una prueba diaria de paciencia.

El tránsito no se ordena con videítos de Instagram. Se ordena con presencia estatal, inversión, control y planificación. Y después de tantos años de desorden acumulado, Rosario merece bastante más que una serie de videos institucionales para explicar lo obvio.

La campaña

Últimas noticias

Subir