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Editorial

Editorial: Circo sin pan

Editorial: Circo sin pan

La vieja expresión hablaba de “pan y circo”. El espectáculo servía para entretener, pero al menos el pan formaba parte de la fórmula. En estos tiempos pareciera que hemos conseguido una versión más moderna: mucho circo y el pan, después vemos.

El sábado caminé por el Parque Independencia de Rosario. La postal era impactante. Vallas, seguridad, escenarios, luces, gastronomía y familias enteras recorriendo un Fan Fest montado alrededor de los Juegos Suramericanos. Mucha gente, de todas las edades, disfrutando de una propuesta gratuita en una ciudad que durante estos días se muestra al país y a la región con grandes eventos y convocatorias multitudinarias.

Y sería absurdo negar que todo eso también tiene valor. Una ciudad con actividad es preferible a una ciudad apagada. Los espectáculos convocan público, generan movimiento comercial, ofrecen espacios de encuentro y permiten que muchas familias accedan gratuitamente a propuestas que, probablemente, de otra manera no podrían disfrutar.

Había juegos, espacios para sacarse fotografías con Capi, la mascota de los Juegos, y largas filas de personas esperando para comprar su peluche. En distintos sectores aparecían además puestos institucionales vinculados a programas como Santa Fe Acá, que habitualmente recorre los barrios acercando trámites y servicios a los vecinos. Todo estaba allí, concentrado durante unas horas: entretenimiento, gastronomía, merchandising, presencia estatal y una organización pensada hasta en los detalles. Una enorme vidriera capaz de mostrar, en unas pocas cuadras, todo lo que el Estado puede desplegar cuando decide concentrar sus recursos en un mismo lugar.

El problema aparece cuando uno deja de mirar la foto aérea.

Porque, a nivel del suelo, la realidad era bastante menos perfecta.

Mientras miles de personas participaban de una celebración promocionada como una propuesta para toda la familia, pude ver un puesto ofreciendo Fernet con Coca-Cola y vendedores ambulantes ofreciendo latas de cerveza. También había personas fumando marihuana a pocos metros de familias con niños, en plena zona del Rosedal y cerca del monumento a Manuel Belgrano.

No se trata de moralizar sobre cómo cada uno decide vivir su vida ni de convertir una observación personal en una cruzada contra nadie. La cuestión es mucho más elemental: qué reglas rigen cuando el propio Estado organiza un acontecimiento de semejante magnitud y quién debe garantizar que esas reglas se cumplan.

Porque policías había. Controles también. Había vallados, accesos organizados y un despliegue de seguridad imposible de ignorar. Precisamente por eso algunas situaciones resultaban todavía más llamativas. La enorme capacidad de organización puesta al servicio de un evento convivía, a pocos metros, con escenas que en cualquier otro momento seguramente despertarían controles, sanciones o, por lo menos, alguna intervención.

Después llegó la hora de volver a casa. Y fue entonces cuando apareció otra Rosario, mucho menos fotogénica y bastante más conocida para quienes viven todos los días en ella.

Las largas filas esperando colectivos mostraban con claridad el contraste. Después de haber convocado a miles de personas hacia un mismo punto de la ciudad, el sistema de transporte no parecía responder con la misma espectacularidad con la que había funcionado la organización del evento. Familias completas esperaban durante largos períodos, mientras otras personas comenzaban a buscar alternativas para regresar a sus barrios y algunas recurrían a aplicaciones de transporte (Uber).

Es, quizá, la fotografía que ningún dron puede mostrar.

Desde arriba, una multitud es una imagen extraordinaria. Miles de personas concentradas alrededor de un escenario permiten anunciar cifras, celebrar récords de convocatoria y producir imágenes capaces de recorrer redes sociales, medios de comunicación y publicaciones oficiales. Cincuenta mil, cien mil, doscientas cincuenta mil personas. Los números impresionan y las fotografías también.

Pero cada una de esas personas tiene una vida que continúa cuando termina el espectáculo. Tiene que regresar a su casa, pagar el transporte, hacer las compras, afrontar los servicios, mandar a sus hijos a la escuela y administrar un ingreso que muchas veces alcanza con dificultad hasta fin de mes. La vida real comienza precisamente donde termina la puesta en escena.

Por eso, el debate nunca debería reducirse a estar a favor o en contra de los grandes acontecimientos. Esa discusión sería demasiado simple. Rosario necesita actividad, necesita visitantes, necesita inversión, necesita recuperar sus espacios públicos y necesita también momentos colectivos capaces de devolver cierta alegría después de años difíciles.

Pero ninguna fotografía multitudinaria debería servir para esconder la otra ciudad.

La ciudad que espera el colectivo. La que reclama mejores servicios. La que hace cuentas antes de comprar alimentos. La que necesita seguridad no solamente detrás de una valla durante un evento internacional, sino todos los días, cuando sale temprano a trabajar o vuelve de noche a su casa, en los barrios del sur, del norte, del este y del oeste.

Los Juegos Suramericanos podrán dejar infraestructura deportiva, movimiento económico, turismo y obras que seguirán siendo utilizadas después de que se apague la última luz. Será necesario evaluar todo eso cuando llegue el momento, con números concretos y sin prejuicios. Pero un gran acontecimiento no debería transformarse en una realidad paralela, ni alimentar la sensación de que durante algunas semanas todo puede funcionar perfectamente dentro de unas pocas hectáreas mientras afuera continúan acumulándose problemas mucho menos vistosos.

También vale preguntarse hasta dónde hemos naturalizado esa lógica de las grandes imágenes. Cuánto esfuerzo se destina a mostrar y cuánto a resolver. Cuánto importa que algo funcione y cuánto que parezca funcionar. Porque gobernar una ciudad o una provincia no consiste solamente en conseguir que una multitud llegue a un espectáculo y permanezca durante horas frente a un escenario. También consiste en garantizar que, cuando termine la música, esas mismas personas puedan regresar razonablemente a sus casas y retomar una vida cotidiana en la que el Estado siga estando presente.

Quizás por eso la pregunta no sea si estuvo lindo el Fan Fest. Lo estuvo. Había familias, movimiento, alegría y una ciudad disfrutando de sus espacios públicos.

La pregunta incómoda empieza después.

¿Qué queda cuando se apagan las luces, se desmonta el escenario y desaparece la fotografía tomada desde el cielo?

Porque el circo dura unas horas.

La vida cotidiana vuelve apenas termina el espectáculo.

Y es allí donde todavía hace falta el pan.

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