En el Día de la Bandera, los mensajes políticos volvieron a poner al creador de la enseña nacional en el centro de la escena. Pero quizá la pregunta más honesta no sea qué diría Belgrano hoy, sino cuánto estamos dispuestos a conocer del Belgrano real.
Cada 20 de Junio, la Argentina vuelve a mirar hacia Rosario. Mira la bandera, el Monumento, la ceremonia, los discursos oficiales y ese ritual cívico que, con mayor o menor intensidad, todavía conserva una fuerza simbólica difícil de reemplazar. Pero también vuelve a ocurrir algo más: Manuel Belgrano aparece convertido en una figura disponible. Un Belgrano para armar. Un Belgrano que cada discurso acomoda, recorta y adapta al lenguaje político del presente.
No es un fenómeno nuevo. Las naciones construyen símbolos, los reinterpretan y los discuten. El problema no está en leer a Belgrano desde el presente, algo inevitable, sino en reducirlo a una consigna conveniente. Porque Belgrano fue mucho más que el creador de la bandera. Y también fue bastante más complejo que cualquiera de las caricaturas que hoy se intentan levantar en su nombre.
Este sábado, en el acto por el Día de la Bandera, el presidente Javier Milei eligió subrayar un Belgrano asociado a la libertad política y económica. “Al recordar a la bandera, también recordamos a su creador. Es recordar al gran promotor de la libertad política y económica de la Nación”, sostuvo. La frase no nace de la nada: Belgrano pensó la economía, cuestionó el monopolio, promovió el comercio, la producción, la educación técnica, la agricultura y el trabajo. Pero cuando esa dimensión se presenta aislada, corre el riesgo de transformar a un hombre del siglo XVIII y comienzos del XIX en vocero anticipado de una doctrina contemporánea.

El gobernador Maximiliano Pullaro, el presidente Javier Milei y el intendente de Rosario Pablo Javkin.
El gobernador Maximiliano Pullaro, en cambio, eligió otro costado. Puso el acento en la relación entre libertad e igualdad. Recordó que Belgrano “veía como tiranos a aquellos que se oponían a que los hombres disfruten de esos derechos que Dios les había dado” y agregó que esa idea de libertad e igualdad, fundidas en un concepto inseparable, era parte del legado que hizo grande a la Argentina. Allí también hay un punto de apoyo real: Belgrano escribió sobre libertad, igualdad, seguridad y propiedad. Pero otra vez aparece el riesgo del recorte: tomar una parte del pensamiento belgraniano para convertirla en espejo de las discusiones actuales.
El intendente de Rosario Pablo Javkin, por su parte, evitó entrar en la polémica directa, aunque marcó un reclamo con tono federal. “Estas tierras quieren y merecen ser más escuchadas porque, gracias a su sacrificio, se construye la grandeza de la Nación”, afirmó. En su caso, Belgrano apareció ligado al territorio: Rosario como cuna de la bandera, el interior productivo, la ciudad que reclama ser mirada no solo como escenario ceremonial, sino como parte activa de la construcción nacional.
Los tres discursos encontraron algo cierto. Y ahí está justamente el punto. Belgrano permite todas esas lecturas porque fue muchas cosas a la vez. Fue abogado, economista, periodista, funcionario, educador, militar sin formación militar de carrera, revolucionario por convicción y por circunstancia. Fue un hombre de elite que pensó en la educación popular. Un funcionario del orden colonial que terminó empujado por la historia hacia la revolución. Un intelectual formado en Europa que intentó traducir esas ideas a una tierra que todavía no sabía qué país iba a ser.
Por eso, el Belgrano verdadero incomoda. No entra entero en el liberalismo económico, aunque habló de comercio, producción y propiedad. No entra entero en una lectura igualitarista moderna, aunque escribió sobre libertad e igualdad. No entra entero en el bronce escolar, aunque creó la bandera. No entra entero en el discurso patriótico solemne, aunque entregó su vida pública a la causa de la patria.
Belgrano no necesita ser defendido de las ideologías. Necesita ser defendido de las simplificaciones. Porque cuando se lo reduce a una frase, se pierde al hombre. Y cuando se pierde al hombre, también se pierde la posibilidad de aprender algo de su tiempo, de sus contradicciones, de sus errores y de su lucidez.
Quizá por eso valga la pena volver a los documentos. A sus memorias, sus cartas, sus escritos económicos, sus artículos periodísticos, sus proclamas. Allí aparece un Belgrano más vivo que el de los homenajes repetidos. Un Belgrano preocupado por la educación, por la pobreza, por la ociosidad, por la producción, por el comercio, por la industria, por la formación de ciudadanos, por el deber público y por la necesidad de pensar una patria antes de que esa patria tuviera forma definitiva.
Ese Belgrano no es cómodo para nadie. Porque no sirve para confirmar una posición cerrada. Sirve, más bien, para abrir preguntas. ¿Qué significa hablar de libertad sin educación? ¿Qué valor tiene la igualdad si no se traduce en oportunidades reales? ¿Qué sentido tiene la producción si el interior que produce no es escuchado? ¿Qué patria se construye cuando los símbolos se veneran, pero las ideas se manipulan?
Tal vez el mejor homenaje a Belgrano no sea repetir su nombre en cada discurso, sino dejar de usarlo como estampita. No preguntarnos qué diría hoy para ponerlo de nuestro lado, sino animarnos a leer lo que efectivamente dejó escrito. Porque allí hay un país posible, pero no uno simple. Hay libertad, sí. También igualdad. Hay propiedad, comercio y producción. También educación, deber público y bien común.
La bandera no debería tapar a Belgrano. Debería conducirnos hacia él. Hacia el hombre real, no hacia el personaje útil. Hacia el pensador incómodo, no hacia la frase de ocasión. Hacia el dirigente que imaginó una patria cuando todavía no existía, y que tal vez por eso sigue siendo más grande que cualquier discurso que pretenda apropiárselo.

